
arrastrar y tirar sigue la lógica de la papelera de reciclaje: solo que si el arrastre hacia la papelera esconde lo que será residuo, en nuestro caso el arrastre produce una huella y precisamente esa marca se convierte en el objeto del trabajo. La ciudad como tablero de operaciones y la atención puesta en los focos más débiles y difusos de la ciudad, en las brechas en donde una cosa comienza a dejar de ser para convertirse en otra…
¿qué arrastrar, hacia donde, cómo?
Actualmente la arquitectura
parece expandirse recuperando un status cultural y artístico que
la vuelve a situar en el centro de la actividad, multiplicándose
el número de arquitectos que legitiman el campo disciplinar “desde
dentro”. Sin embargo, la mayor parte de las prácticas arquitectónicas
continúan ancladas en estructuras rígidas de producción
y consumo, cada vez mas críticas, que paralizan el desarrollo y la
reflexión (y, sobre todo, intentan volver invisibles ciertos “desvíos”).
No podemos evitar preguntarnos, entonces ¿dónde se encuentra
la arquitectura en lo que tradicionalmente llamamos arquitectura?
El músico John Cage, en la década de 1950, se preguntaba ¿qué
es más musical, un camión pasando frente a una fábrica
o un camión que pasa frente a una escuela de música? Tal vez
sea el momento de volver a preguntarnos, no solo de que materiales disponen
los arquitectos, sino ¿qué es lo que llamamos arquitectura?
¿quiénes, desde fuera, son nuestros arquitectos sin saberlo?
Arrastrar, entonces, lo que pensamos como arquitectónico fuera de su territorio, borroneándolo, excavando y haciendo marcas. Pensar la arquitectura como un proceso de destrucción y construcción acumulativo y no-lineal que nos permitirá tomar la temperatura de una serie de relaciones, de montajes de sucesos en un momento dado siempre cambiante, mas que descansar sobre la seguridad de un objeto acabado, fijo, réplica de sí mismo y con la obligación de crear el lugar en donde se encuentra.
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